Punto Ciego.

ACA·Lunes, 31 de agosto de 2026

Columna N.º 2·31 de agosto de 2026·5 min de lectura

Norbert Elias y el oficio del sociólogo

Frente a la tentación de explicarlo todo con conspiraciones, la obra de Norbert Elias ofrece otra cosa: herramientas para entender un mundo que nadie diseñó.

Izcoatl Jiménez Vargas

Ha pasado un lustro desde que la Organización Mundial de la Salud declaró el brote de SARS-Cov-2 como pandemia mundial. No hay rincón del mundo que haya quedado exento de todo lo que provocó la emergencia de este nuevo virus. La búsqueda de respuestas, si es que las hay, sobre lo que podrá acontecer en el llamado mundo post-COVID es incesante y, a veces, hasta obsesiva. No es para menos. Aún al paso de este tiempo no hemos aquilatado las consecuencias económicas, políticas, sociales y de salud pública que nos deja esta experiencia colectiva.

La incertidumbre que genera un suceso como este, tan solo equivalente a un estado de guerra, es de tal proporción que la búsqueda de sentido a la propia existencia humana, la discusión sobre la pertinencia y la viabilidad de distintos proyectos de nación, así como el debate sobre la posibilidad de procesos civilizatorios alternativos al Capitalismo es moneda de cambio diaria en las discusiones públicas.

Entre toda esta maraña, las sociedades voltean la mirada a la religión, la política o la ciencia, precisamente para encontrar, bien sean bálsamos que alivien su ansiedad o razonamientos lógicos dentro de marcos determinados de expectativas sociales y políticas, según la latitud donde queramos ubicarnos.

Esta larga introducción la despliego porque, en mi búsqueda personal de encontrar sentido a lo que observo me he reencontrado con mi profesión. Para quienes no lo sepan, hace ya algunos años ingresé a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM para estudiar la carrera de Sociología. Fue justo en las aulas de esa facultad, a inicios de la década de los 2000, donde recuerdo que Teresa Rodríguez de la Vega, una de mis maestras más queridas y respetadas, nos recomendó leer a Norbert Elias, un sociólogo alemán poco conocido en México, al menos fuera de los círculos académicos, y quizás uno de los pensadores más potentes que ha dado nuestra profesión al mundo.

Su trabajo más emblemático, ‘El proceso de la civilización: Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas‘, se considera una de las 10 obras más importantes de la sociología en el siglo XX. De ese tamaño es el pensamiento del autor. Su obra, difícil de catalogar por el enfoque multidisciplinario de la misma, es etiquetada dentro de la tradición de la sociología figuracional que se decanta por el estudio de los procesos y no se ciñe únicamente a la dicotomía individuo – sociedad. En el libro aquí referido puede encontrarse este método que, precisamente, ubica dos planos de realidad: los individuos de la especie humana y los procesos de largo plazo no planeados que, como bien señala, no están exentos de regresiones y contratendencias.

Autor prolífico, lo mismo escribió sobre los procesos civilizatorios en Occidente, particularmente de Europa; la vejez y la muerte; la música y el proceso de creación de «genios» como Wolfgang Amadeus Mozart, a quien dedicó un libro con pasión conmovedora; sobre el deporte, el ocio y el tiempo, entre tantos otros temas.

Dedicó su vida a comprender el mundo y el siglo que le tocó vivir, dejando en su obra coordenadas de interpretación y navegación que nos señalan que el camino para lograrlo no está en la inmediatez ni el análisis coyuntural, si no en algo más que escapa a muchas de las sesudas interpretaciones de los mal llamados «intelectuales” que parecen acaparar los foros de las televisoras y las redes sociales: la historia misma y procesos de configuración de larga data que son como placas tectónicas que van forjando la morfología de la realidad y que están ahí, presentes, en movimiento, aún cuando nos neguemos a verlas.

En toda su obra, Elias nos deja importantes lecciones y nos regala una forma particular de analizar la realidad para comprender que en este mundo, que se decanta por olvidar su propia historia; que procura la brevedad y la inmediatez para responder a las grandes preguntas de nuestro tiempo; que lo considera todo subjetivo, desechable y reemplazable, hace falta poner pausa, aguzar la mirada para estudiar el pasado, observar a detalle el presente y detectar los hilos entretejidos que conforman la realidad.

Porque a diferencia de lo que se piensa, no existe un orden racional previamente diseñado, no hay destino manifiesto ni escrito para ningún pueblo o nación. No puede negarse, por supuesto, la existencia de motivaciones y actos concretos que dan vida a tendencias históricas específicas que van determinando procesos, costumbres y hasta la psique y mecanismos de socialización y autocontrol de los individuos que forman parte de una sociedad, pero debe desecharse la idea de planes preconcebidos e infalibles que son operados por fuerzas omnipotentes y anónimas.

El riesgo de caer en las redes de las teorías de conspiración, a propósito de la pandemia, o de pretender explicar los conflictos bélicos, las crisis económicas o distintas expresiones anómicas a partir del presente inmediato nos restringe de un análisis más profundo y que debe darse necesariamente en distintos niveles. La Historia no es un proceso rectilíneo, los valores y normas que nos rigen hoy no son ni han sido siempre las mismas y van cambiando, a veces sutilmente otras tantas de golpe.

En un contexto de cierre y apertura epocal vale la pena tomar como referencia el trabajo de Norbert Elias y reivindicar el oficio y la imaginación sociológicas no solo por un afán genuino de comprender lo que acontece frente a nosotros, si no para identificar aquellos territorios de intervención desde los que podemos construir mejores condiciones para nuestras sociedades.