Punto Ciego.

Lunes, 31 de agosto de 2026

Columna N.º 1·31 de agosto de 2026·6 min de lectura

La experiencia de experiencias

Tecnología, dinero y conciencia en una época que quiere optimizarlo todo.

Jorge Solis

Vivimos probablemente uno de los momentos más extraordinarios de la historia humana.

Nunca habíamos tenido tanta tecnología al alcance de nuestras manos. Nunca había sido tan sencillo mover dinero de un continente a otro, acceder a información, crear una empresa, invertir, comunicarnos con alguien al otro lado del planeta o construir algo que pueda llegar a millones de personas.

La inteligencia artificial comienza a multiplicar nuestras capacidades. Blockchain cuestionó nuestra relación con el dinero y la confianza. Los mercados financieros operan prácticamente sin descanso. Los algoritmos toman decisiones en milisegundos y una parte cada vez mayor de nuestra vida puede ser medida, automatizada y optimizada.

Y, paradójicamente, en medio de toda esta sofisticación seguimos enfrentándonos a una pregunta antiquísima:

¿Qué estamos haciendo aquí?

¿Qué hacemos experimentando este extraño y maravilloso regalo que llamamos vida?

Me he hecho esta pregunta desde diferentes perspectivas. Desde la filosofía, la economía, la física y, por supuesto, desde la tecnología. Pero cada vez encuentro más difícil separar todas ellas de una dimensión más amplia: la espiritual.

No necesariamente entendida como religión, sino como la exploración de la conciencia y de nuestra relación con aquello que estamos experimentando.

La vida como experiencia

Quizá uno de nuestros errores sea pensar que el propósito de la vida necesariamente tiene que ser un destino.

Llegar a algún lugar.

Acumular cierta cantidad de dinero. Construir una gran empresa. Obtener reconocimiento. Encontrar una pareja. Tener una familia. Cambiar al mundo. Alcanzar determinado nivel de éxito.

¿Y si el propósito no fuera llegar, sino experimentar?

La experiencia misma de estar vivos.

Por un momento podríamos quitarle el juicio de «bueno» o «malo» a aquello que sucede y observar simplemente la experiencia.

Nacemos con determinadas condiciones que no elegimos: una familia, un país, un cuerpo, una época y una realidad económica y social. A partir de ahí aparece una de las variables más fascinantes de nuestra existencia: nuestra capacidad de elegir qué hacemos con aquello que nos tocó.

El libre albedrío.

Tal vez no podamos elegir todas nuestras circunstancias, pero sí podemos participar conscientemente en la manera en que las vivimos.

Y ahí aparece para mí una definición interesante de libertad: la capacidad de vivir nuestra propia experiencia con conciencia y corazón.

Tecnología para comprar libertad

Aquí es donde tecnología y finanzas adquieren para mí un significado diferente.

El dinero suele entenderse como una herramienta para comprar cosas. Pero su verdadera utilidad podría ser mucho más profunda: comprar grados de libertad.

Libertad sobre nuestro tiempo.

Libertad geográfica.

Libertad para decidir con quién trabajar.

Libertad para crear.

Libertad para decir que no.

Libertad para experimentar.

Desde esa perspectiva, generar riqueza deja de ser necesariamente una carrera de acumulación y puede convertirse en una herramienta para ampliar el espacio desde el cual elegimos nuestra experiencia.

Algo parecido sucede con la tecnología.

Toda gran tecnología es, en cierta forma, una extensión de las capacidades humanas.

La rueda amplificó nuestro movimiento. La imprenta amplificó nuestras ideas. Internet amplificó nuestra capacidad de comunicarnos. Bitcoin introdujo una nueva posibilidad de propiedad y transferencia de valor sin depender exclusivamente de intermediarios. La inteligencia artificial está comenzando a amplificar nuestra capacidad intelectual.

Pero ninguna de estas herramientas puede responder por nosotros una pregunta fundamental:

¿Para qué queremos esa capacidad?

Podemos construir sistemas cada vez más eficientes sin necesariamente construir vidas más significativas.

Podemos optimizar nuestros portafolios y desordenar nuestra existencia.

Podemos aumentar nuestra productividad mientras perdemos nuestra presencia.

Podemos tener acceso prácticamente ilimitado a información y seguir sin conocernos a nosotros mismos.

Ese quizá sea uno de los grandes retos de nuestra época.

La economía de la atención

Durante mucho tiempo pensamos que el recurso escaso era la información.

Hoy sucede prácticamente lo contrario.

Tenemos demasiada.

El verdadero recurso escaso es nuestra atención.

Empresas enteras compiten por segundos de nuestra conciencia. Notificaciones, mercados, redes sociales, noticias, videos y algoritmos intentan capturar permanentemente nuestra mirada.

Y nuestra atención tiene una característica extraordinaria: donde colocamos nuestra atención, colocamos nuestra vida.

Porque nuestra vida solamente ocurre en un lugar: el presente.

El pasado existe como memoria. El futuro como posibilidad. Pero nuestra experiencia siempre está sucediendo ahora.

Por eso estar en contacto con nuestra conciencia —con esa parte de nosotros que sabe que está consciente— puede cambiar radicalmente la calidad de nuestra experiencia.

Hay momentos en los que aparece una enorme claridad.

Todo parece tener sentido.

Después esa claridad desaparece y volvemos a confundirnos.

También eso es parte de la experiencia.

Los estados son impermanentes.

La alegría pasa.

La tristeza pasa.

El éxito pasa.

El fracaso pasa.

Los mercados suben y bajan.

Las empresas nacen y desaparecen.

Las tecnologías que parecían revolucionarias quedan obsoletas.

Incluso nuestras identidades cambian.

This too shall pass.

Quizá lo único a lo que podemos regresar constantemente sea a la conciencia de estar aquí.

Nuestra última batalla sobre la Tierra

Existe una idea de la tradición tolteca que siempre me ha parecido extraordinariamente poderosa: tomar a la muerte como consejera.

No desde una visión pesimista, sino exactamente al contrario.

Recordar nuestra mortalidad puede ser una de las herramientas más poderosas para aprender a vivir.

Si observamos nuestra vida frente al tiempo total del universo, nuestra existencia es prácticamente insignificante.

Un instante.

Y precisamente por eso tiene un valor extraordinario.

Esta combinación es fascinante:

somos insignificantes y, al mismo tiempo, nuestra experiencia es irrepetible.

Tal vez por eso vale la pena intentar vivir con impecabilidad.

Hacer aquello que hacemos como si fuera nuestra última batalla sobre la Tierra.

Crear de esa manera.

Trabajar de esa manera.

Amar de esa manera.

Invertir de esa manera.

Construir empresas de esa manera.

Jugar con nuestros hijos de esa manera.

Escuchar a alguien de esa manera.

Porque eventualmente habrá una última vez para cada una de esas cosas, aunque casi nunca sepamos cuándo está sucediendo.

El futuro que estamos construyendo

Estamos entrando en una época en la que la humanidad tendrá herramientas extraordinariamente poderosas.

Inteligencia artificial, robótica, biotecnología, activos digitales y automatización podrían transformar profundamente nuestra relación con el trabajo, el dinero y hasta con el tiempo.

La gran pregunta no será solamente qué podemos construir.

Será qué queremos experimentar gracias a aquello que construimos.

Existe un abanico gigantesco de posibilidades.

Podemos perseguir riqueza, conocimiento, aventura, tranquilidad, poder, impacto, amor, reconocimiento, libertad o creación. Ninguna experiencia tiene que ser necesariamente la correcta para todos.

Pero sí podemos preguntarnos si estamos viviendo la nuestra conscientemente o simplemente siguiendo una narrativa que alguien más diseñó para nosotros.

Quizá la verdadera riqueza no sea acumular infinitamente.

Quizá sea tener suficiente libertad para elegir nuestras experiencias y suficiente conciencia para realmente vivirlas.

Porque al final podemos construir inteligencias artificiales extraordinarias, mercados globales, nuevas monedas y tecnologías capaces de modificar nuestra civilización.

Pero ninguna tecnología podrá experimentar nuestra vida por nosotros.

Ese trabajo sigue siendo profundamente humano.

Tenemos este pequeño instante dentro de la inmensidad del universo.

Podemos intentar controlarlo todo.

O podemos participar plenamente en él.

La vida no es el camino hacia la experiencia.

La vida es la experiencia.